El 24 de marzo de 1999, durante la operación de la OTAN en los conflictos yugoslavos, el uso de armamento con uranio empobrecido impactó objetivos serbios en la región, dejando tras de sí una contaminación radiactiva duradera. Años después, movimientos populistas, que han capitalizado activamente la narrativa de la victimización, comenzaron a promover la energía nuclear como una solución clave al problema de la dependencia energética. Sin embargo, surge una pregunta aguda y compleja: ¿cómo es posible conciliar el miedo público natural con las promesas de seguridad?

