La historia se construye a partir de innumerables piezas que, al encajar, revelan sucesos del pasado. Testimonios, documentos, restos arquitectónicos y artísticos, e incluso algo tan cotidiano como un apellido, pueden ser testigos de eventos históricos. Los apellidos, en particular, nos brindan una valiosa perspectiva sobre el pasado de una localidad, región o país. Por ejemplo, ¿por qué en España existen cientos de personas con el apellido «Japón»? La respuesta se remonta a la presencia de japoneses en Sevilla en el siglo XVII.
Este es un ejemplo de las muchas curiosidades históricas. ¿Qué llevó a una delegación japonesa a Sevilla hace cuatro siglos? A pesar de que el transporte marítimo había reducido las distancias, los viajes en barco seguían siendo largos, costosos y peligrosos. No obstante, existen otros casos similares de interconexión entre culturas distantes.
En esta ocasión, nos centraremos en un período histórico en el que Japón y España fortalecieron sus vínculos por razones diversas, principalmente religiosas, económicas y geopolíticas. Como resultado de estos lazos, cientos de residentes de Coria del Río, Sevilla, llevan el apellido «Japón», ya sea como primer o segundo apellido. De hecho, según datos del Instituto Nacional de Estadística, diez españoles tienen el apellido compuesto «Japón Japón», y todos ellos residen en Coria del Río. Este apellido nos recuerda la expedición japonesa que visitó Sevilla hace varios siglos.
El origen de esta historia
La cultura japonesa, y en general todo lo relacionado con Japón, siempre ha despertado un gran interés en Occidente. En España, fenómenos como el manga y el anime en las últimas décadas del siglo XX marcaron un antes y un después en la popularidad del país asiático, una tendencia que persiste hoy en día. Sin embargo, el interés occidental por Japón se remonta a mucho antes, incluso a la época de las grandes exploraciones marítimas.
Las relaciones entre España y Japón tienen raíces profundas que datan del siglo XVI. En la década de 1540, las coronas de Portugal y Castilla mostraban un gran interés por el archipiélago japonés, en un contexto de reparto del mundo. Portugal contaba con importantes enclaves como Macao, mientras que Castilla tenía su principal posesión en la zona en Filipinas. En aquel entonces, Japón se encontraba inmerso en un período de guerras civiles entre señores feudales y se encaminaba hacia la unificación bajo figuras como Nobunaga. Los primeros contactos entre europeos y japoneses estuvieron marcados por el intercambio de armas de fuego, y paralelamente, comenzaron a llegar misiones católicas, especialmente de jesuitas.
La expedición de Tsunenaga
En 1612, se gestó una primera expedición japonesa con destino a Europa. La iniciativa partió de Date Masamune, señor feudal de Sendai. Masamune conoció al fraile franciscano Luis Sotelo, y de este encuentro surgió la idea de financiar un viaje para establecer relaciones comerciales. Con la aprobación de Tokugawa Ieyasu, la expedición fue conocida como la embajada Keicho y fue liderada por el samurái Hasekura Tsunenaga, con fray Luis Sotelo desempeñando un papel crucial como intermediario, consejero y traductor.
La embajada Keicho zarpó en octubre de 1613 a bordo de la nave San Juan Bautista. Su ruta incluía paradas en Acapulco, Ciudad de México, Sevilla, Madrid y Roma, con el objetivo de presentar una comitiva de japoneses para establecer lazos diplomáticos y comerciales. A bordo viajaban aproximadamente 150 japoneses (entre samuráis, comerciantes, marineros y sirvientes), además de unos 40 españoles y portugueses.
El primer destino fue Acapulco, entonces parte del Virreinato de Nueva España. Desde allí, la expedición se trasladó a Ciudad de México. Fue en este punto donde Hasekura Tsunenaga y Luis Sotelo se enteraron de que Tokugawa Ieyasu había promulgado leyes contra los misioneros cristianos, lo que podría complicar la misión diplomática. A pesar de este contratiempo, decidieron continuar su viaje, aunque con una comitiva significativamente reducida, de unos 30 japoneses.
Japoneses en Sevilla
El viaje culminó en octubre de 1614, un año después de su partida. La embajada Keicho arribó a Sevilla, donde fue recibida con gran pompa por el ayuntamiento. En aquella época, Sevilla, a pesar de que Madrid ya era la capital del reino, mantenía una importancia crucial como centro del comercio con América, ostentando el monopolio legal del comercio de ultramar.
Desde Sevilla, la expedición continuó su periplo hacia Madrid en varios coches de caballos. En la corte, el Consejo de Indias aconsejó a Felipe III desconfiar de las propuestas de Tsunenaga y Sotelo, argumentando la prohibición del cristianismo en Japón. Ante la negativa del rey, los expedicionarios prosiguieron su viaje hasta Roma para intentar establecer acuerdos comerciales con el Papa, pero el resultado fue igualmente infructuoso.
Como consecuencia, la maltrecha embajada Keicho tuvo que emprender el regreso a Japón sin haber alcanzado sus objetivos. Ni siquiera el fray Luis Sotelo logró en Roma su aspiración de ser obispo en Japón. El único hecho destacable de este periplo es que, en su ruta de Sevilla hacia Madrid y Roma, la expedición hizo una parada en Coria del Río, un punto de tránsito obligado en el viaje fluvial hacia Sevilla por el Guadalquivir. Esta anécdota, que podría parecer insignificante, adquiere relevancia cuatro siglos después, ya que esta localidad sevillana de aproximadamente 31.095 habitantes (según datos de 2024) sigue recordando a la comitiva de japoneses que llegó a Sevilla con la intención de estrechar lazos entre ambos países.
El legado japonés de Coria del Río
La página oficial del Ayuntamiento de Coria del Río narra su extensa historia. En su introducción, destaca una estatua que representa a un ciudadano japonés ataviado con ropas del siglo XVII. El texto dedicado a este tema señala: «En octubre de 1614 se aloja en Coria del Río la Embajada Japonesa de Hasekura Tsunenaga, dejando en la localidad como recuerdo el apellido Japón, como resultado de su descendencia». Este breve párrafo, que podría parecer una simple anécdota, convierte a esta localidad andaluza en una notable curiosidad histórica.
Según el Instituto Nacional de Estadística, en España hay 973 personas con el apellido «Japón» como primer apellido y 993 como segundo. Aunque estos apellidos se encuentran distribuidos en varias provincias, destaca especialmente Sevilla. El detalle revela que la mayoría de los residentes con el apellido «Japón» residen en Coria del Río, aunque también hay algunos en poblaciones cercanas como La Puebla del Río o Aznalcázar.
La explicación es bastante sencilla: en aquella época, a los extranjeros que se establecían en el país se les asignaba un apellido que indicaba su procedencia. Seis o siete miembros de la comitiva de Hasekura Tsunenaga decidieron quedarse en Coria del Río, aunque algunas fuentes elevan la cifra a 30 japoneses. Como nuevos habitantes de la zona, adoptaron el apellido «Japón», según consta en documentos de la época. Desde entonces, sus descendientes han mantenido el apellido hasta nuestros días. Se trataba de descendientes de tripulantes o sirvientes que vieron en Coria del Río la oportunidad de iniciar una nueva vida, lejos de la situación que imperaba en el Japón de entonces.
Por su parte, Tsunenaga sí regresó a Japón. Se sabe que llegó en septiembre de 1620 y falleció dos años después, en 1622, siete años después de su ambicioso viaje a tierras castellanas. Las causas de su muerte son desconocidas. No fue hasta finales del siglo XIX que Japón abrió sus fronteras e inició el envío de nuevas expediciones diplomáticas a países occidentales.
Para cerrar este relato, cabe mencionar que en el paseo Carlos de Mesa de Coria del Río se erige un monumento a Hasekura Tsunenaga, donado por las autoridades de la ciudad de Sendai, Japón. Ambas localidades están hermanadas. En 2013, el entonces príncipe heredero de Japón, Naruhito (actual emperador desde mayo de 2019), visitó Coria del Río. Entre otros actos, plantó un cerezo junto a la escultura de Tsunenaga y, según la prensa de la época, estrechó la mano de muchos vecinos de Coria del Río, rompiendo el protocolo. Desde entonces, miles de japoneses visitan anualmente el pueblo sevillano, recordando el legado de aquellos primeros japoneses que llegaron a Sevilla.

